La guerra y sus discursos

“El psicoanálisis a prueba de la guerra” es una compilación de artículos escritos por psicoanalistas y dirigida por Marie-Hélène Brousse, dividido en dos partes. La primera trata de como el trauma de la guerra afecta a cada individuo de manera particular. Yo me interesé en la segunda parte del libro, que trata de dar una respuesta epistemológica al qué es la guerra y el porqué de la guerra.   

Para intentar responder a estas preguntas, dos tesis principales son elucidadas; la primera es que no hay guerra sin discurso y la segunda se deriva de esta y sostiene que, en tanto que el lazo social es un discurso, este promueve un modo de goce.  

El lazo intrínseco entre la guerra y lo real me llevaba a defender que la guerra era la expresión máxima de la falta de lo simbólico, el fracaso de la civilización; la palabra era la gran ausente en medio de las balas y de los cuerpos mutilados. El horror de la guerra me reenviaba al odio más arcaico entre los seres humanos que imposibilitaba el proceso de civilización. Antes de leer este libro, mi organización conceptual respecto de la guerra me llevaba a pensar lo real de la guerra como el horror y la experiencia de la muerte, lo simbólico como fuente de civilización que obstaculiza el desencadenamiento de las pulsiones y lo imaginario como las diferentes formas que los cuerpos podrían tomar en el campo de guerra, sostenidos por la rivalidad y la agresividad. Incluso, antes de leer este libro, yo hubiera podido imaginar que la guerra era de estructura psicótica, ya que en la psicosis, el lazo social esta desecho. 

Mi gran sorpresa fue leer la afirmación “No hay guerra sin discurso, la guerra es el producto de la civilización”. Podríamos decir que me cayó como una bomba, y después de un momento de sideración, me pregunté qué querría decir esto. Recordé el famoso libro de Pierre Naveau Psychose et lien social, donde nos recuerda que el Dr. Lacan promulgaba  el lazo social en tanto que discurso. Dicho discurso esta sostenido por una estructura que Lacan concibe como un nudo entre tres categorías: lo real, lo simbólico y lo imaginario.

Vuelvo al libro  y leo el artículo escrito por Marie-Hélène Brousse titulado: De los ideales a los objetos: el nudo de la guerra en el que usted detalla minuciosamente las razones para sostener la afirmación “no hay guerra sin discurso”.

Es crucial empezar por reconocer que hubo un cambio de paradigma del lazo social de Freud a Lacan. Para entenderlo, usted nos muestra otra lógica para considerar la identificación. Según Freud, los seres humanos, como hijos y hermanos, hacemos lazo social por el sentimiento de culpabilidad que supone el asesinato del padre, al cual nos identificamos.  El odio al padre permitía la identificación de todos los individuos de una comunidad al ideal del padre muerto.  Lacan nos propone otra lectura, ya no es el Nombre del Padre la base del lazo social, no es la identificación al líder lo que nos une sino que se trata de , la cito, “un no saber sobre su ser propio, ligado a la falta-en-ser producida por el lenguaje”[1]. Lacan desarrolla esta nueva lógica de la identificación en el artículo llamado “el tiempo lógico y la aserción de certeza anticipada[2], escrito en 1945, en el ocaso de la segunda guerra mundial. Con este, Lacan aporta una nueva lógica de la colectividad y de la identificación humana, partiendo de la interrogación que surge ante la afirmación: “yo soy un hombre”. El desarrollo lógico sería como sigue:

1.     Un hombre sabe lo que no es un hombre,

2.     Los hombres se reconocen entre ellos por ser hombres,  y

3.     Yo afirmo ser hombre, por miedo de ser convencido por los hombres de no ser un hombre.

El temor de ser convencido de no ser un hombre constituye la urgencia del momento de concluir. Es la angustia de ser rechazado por el grupo que precipita la certeza anticipada. Y es precisamente en el carácter anticipado, que podemos medir cuán grande es esta definición de sí mismo respecto del Otro[3].

Lacan nos propone aquí la nueva lógica de la identificación bajo la forma de una aserción subjetiva anticipante.

Después de haber elucidado la cuestión de la identificación, fundamental para leer las formas contemporáneas de lazo social, volvamos a la interrogación sobre lo que significa “no hay guerra sin discurso”.

Puesto que el discurso esta sostenido por la estructura que forman los registros real, simbólico e imaginario, vamos a evocar rápidamente, la implicación de cada uno en la guerra.

El imaginario guerrero, nos dice usted, se trata de la imagen y su poder unificador. Y en la guerra la dimensión imaginaria se encuentra por un lado en las identificaciones horizontales y por otro lado, en el odio por el otro. Respecto de lo simbólico, extraemos que este aporta a la guerra los ideales, los significantes amo que constituyen un discurso. De esta manera, lo simbólico se pone al servicio del goce en tanto que significante y usted añade “lo simbólico, como significante y como acto, es el fundamento mismo de la guerra.”

En cuanto a lo real de la guerra, hay que implicar el cuerpo. Serge Cottet nos lo demostraba en su artículo para la revista Horizon N°61[4], lo cito “la proximidad del cuerpo del otro es lo más concreto en el odio”.

De lo que me doy cuenta es que la frase para mi enigmática: “no hay guerra sin discurso, sin lenguaje ni palabras”, estaba asociada a cierto imaginario de la guerra que también ha cambiado de paradigma. Después de escribir todo lo anterior, puedo decir que dos momentos me fueron necesarios para atrapar el significado de esta afirmación. El primero fue la lectura de su libro y el segundo momento  fue la sesión de cine de la última película de Steven Spielberg.

Yo no podía entender la conexión entre guerra y discurso sin haber cambiado de escenario de guerra, dicho en otras palabras, la topología de la guerra sufrió una metamorfosis que cambia completamente el conocido campo de batalla terrestre. La guerra hoy puede ser aérea, puede efectuarse a distancia, está en todas partes. Varios de los artículos de su libro lo señalan y en particular el texto de Gerard Wajcman.

Es así como Steven Spielberg parece responder a mi interrogación con su película “Pentagon Papers” (diciembre 2017), en la que ilustra con maestría este cambio de topología de la guerra, que no es la misma de Rescatando al soldado Ryan (1998), sino una guerra de la comunicación, guerra entre la libertad de expresión de la prensa y la represión del gobierno y paralelamente, la guerra de las mujeres por obtener un lugar respetado en la sociedad. Las armas utilizadas no son las balas ni el Napalm sino el periódico, las maquinas de escribir, las fotocopiadoras y las fiestas de la alta sociedad.

Spielberg muestra la importancia del acto simbólico que crea efectos sobre lo real. Con su película, el rinde homenaje a la decisión de los periodistas del Washington Post y del New York Times que bajo el gobierno de Richard Nixon,  publicaron en 1971 el documento secreto llamado “los Papeles del Pentágono” los cuales denuncian la implicación militar de los Estados Unidos en la guerra de Vietnam  entre 1945 y 1967[1].

Los periodistas fueron juzgados por atentar contra el gobierno, pero la historia tiene un final feliz pues en 1972 el Tribunal Supremo de los Estados Unidos decidió que el impedimento de estas publicaciones era inconstitucional y otorgo el derecho a la prensa de seguir publicándolos. 

Por otro lado y sobre todo, la película muestra la historia de la directora del Washington Post, Katharine Graham, una mujer ama de casa y madre de 4 hijos, quien después de la muerte de su marido, se encuentra, sin quererlo, en el puesto de la primera directora mujer de un diario en Estados Unidos, que tiene todo el poder para tomar la decisión de publicar o no los papeles de Pentagono, pero duda todo el tiempo de sí misma; a medida que avanza la película, la vemos tomar fuerza y termina por tomar, sola, la decisión de publicar arriesgando la existencia del periódico e incluso su propia libertad.

Rescato una escena en la que Kay Graham habla con su amigo, el secretario de la defensa McNamara, que había escondido durante años la realidad de la guerra de Vietnam. Ella le pregunta por qué lo hizo, sabiendo que esto le costó la vida a miles de jóvenes americanos sin hablar de los vietnamitas, McNamara le responde que lo hizo para conservar el orgullo norteamericano, para mantener la credibilidad del estado americano frente a los aliados y para dejar en alto la nación. Este es uno de los discursos que mantuvo la guerra de Vietnam.

En esta gran película podemos observar lo que une lo simbólico y lo real, en una serie de actos que hace cada uno de los personajes, creando una ruptura, una un antes y un después y donde los sujetos no serán nunca los mismos después de los efectos de lo real que sus actos causaron sobre el discurso de la época.

Nos queda entonces a partir de ahora la posibilidad de situarnos frente al nudo de la guerra como un discurso contemporáneo, guiados por la lectura psicoanalítica que nos permite analizarlo como un síntoma.

*Texto presentado el 21 de marzo, 2018, en El Seminario Latino de Paris-l’Envers de Paris, para la presentacion del libro-compilacion de Marie-Hélène Brousse, El Psicoanalisis frente a la guerra

 

[1] Marie Hélène Brousse, P. 150

[2] J. Lacan  Le temps logique ou l'assertion de certitude anticipée ", Ecrits, Paris, Seuil, 1966, pp.197-214

[3] Eric Laurent, "Le temps de se faire à l'être", paru en février 1994, N° 26 de la Revue de la Cause Freudienne : " Le temps fait symptôme", diffusion Navarin Seuil. Pp. 40-43

[4] Serge Cottet «Freud, Lacan, la haine» p. 77, Revue Horizon N°61 « HaineS », Paris, 2016.

 

[1] Les Pentagon Papers concernaient les administrations Johnson, Kennedy, Eisenhower et Truman.

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